Porque
Francisca (que desde que se había hecho vieja ponía a cada dos por tres lo que
suele llamarse cara de circunstancias) no hubiera dejado de presentarle todo el
día un semblante cubierto de manchitas cuneiformes y rojas que desplegaban al
exterior, pero de manera poco descifrable, el dilatado memorial de sus quejas y
las profundas razones de su descontento. Las desarrollaba, por lo demás, al
paño, pero sin que nosotros pudiésemos distinguir bien las palabras. Llamaba a
esto — que creía desesperante para nosotros, «mortificante», «vejatorio», decir
todo el santo día «misas por lo bajo».
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