La vida que yo suponía se llevaba allí derivábase
de una fuente tan diferente de la experiencia, y me parecía que había de ser
tan particular, que no hubiera podido imaginar en las reuniones de la duquesa
la presencia de personas que yo hubiese tratado en otro tiempo, de personas
reales. Porque como no podía cambiar súbitamente de naturaleza, hubieran tenido
allí conversaciones análogas a las que yo conocía; sus interlocutores quizá se
hubiesen rebajado hasta responderles en el mismo lenguaje humano, y durante una
recepción en el primer salón del barrio de Saint-Germain hubiera habido
instantes idénticos a otros que yo había vivido ya, lo cual era imposible.
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