Pero
la línea de demarcación que me separaba del barrio de Saint-Germain, por ser
solamente ideal, no me parecía sino más real; me daba perfecta cuenta de que el
barrio era ya la estera de los Guermantes extendida al otro lado de ese
Ecuador, y de la cual se había atrevido a decir mi madre, después de haberla
visto como yo, un día que la puerta de aquellos se hallaba abierta, que estaba
en muy mal estado.
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