Algunas veces mamá me
pasaba la mano por la frente, diciéndome.
¿De modo que los jovenzuelos no cuentan ya a sus mamás
las penas que tienen?
Francisca se acercaba a mí todos los días, y decía: “¡Qué
cara tiene el señorito! ¿No se ha mirado usted al espejo? Parece un muerto”.
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