Al principio no hubo más que unas vagas tinieblas,
en las que se encontraba súbitamente, como el rayo de una piedra preciosa que
no se ve, la fosforescencia de unos ojos célebres, o, como un medallón de
Enrique IV recortado sobre un fondo negro, el perfil inclinado del duque de
Aumale, a quien una dama invisible gritaba: «Permítame, monseñor, que le quite
el gabán», a pesar de que el príncipe respondía: «¡Pero, cómo, por Dios, señora
de Ambresac!» Ella lo hacía, no obstante esta vaga defensa, y era
envidiada por todos a causa de semejante honor.
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