Montag, 27. Juli 2026

 

Al principio no hubo más que unas vagas tinieblas, en las que se encontraba súbitamente, como el rayo de una piedra preciosa que no se ve, la fosforescencia de unos ojos célebres, o, como un medallón de Enrique IV recortado sobre un fondo negro, el perfil inclinado del duque de Aumale, a quien una dama invisible gritaba: «Permítame, monseñor, que le quite el gabán», a pesar de que el príncipe respondía: «¡Pero, cómo, por Dios, señora de Ambresac!» Ella lo hacía, no obstante esta vaga defensa, y era envidiada por todos a causa de semejante honor.

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