En el momento de llegar a esa sala, me detuvo la marquesa
de Citri, todavía bonita pero casi con la espuma en la boca. De bastante noble
origen, había buscado y realizado una unión brillante al casarse con el señor
de Citri, cuya tatarabuela era Aumale-Lorraine. Pero, apenas experimentó esa
satisfacción, su carácter negativo la había asqueado de la gente del gran mundo
de una manera que no excluía en absoluto la vida mundana. No sólo se burlaba de
todos en una velada, sino que esa burla tenía algo tan violento que ni siquiera
la risa resultaba bastante áspera y se transformaba en un silbido gutural: ¡Ah!
me dijo señalándome a la duquesa de Guermantes, que acababa de dejarme y que ya
estaba un poco lejos, lo que me voltea es que pueda llevar esa vida.
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