Porque
los taburetillos de la ribera, las formas de los monstruos de la orquesta, se
pintaban en aquellos ojos siguiendo tan sólo las leyes de la óptica y según su
ángulo de incidencia, como ocurre con esas dos partes de la realidad exterior a
las que, sabiendo que poseen, por rudimentaria que sea, una alma análoga a la
nuestra, juzgaríamos insensato dirigir una mirada o una sonrisa los minerales y
las personas con quienes no estamos en relación.
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